Sitio de amor

De él nunca supe su nombre. Todo empezó la vez que regresé al camino verde de la universidad antes de que anocheciera. No tenía un plan, solo un temblor en el pecho que había empezado desde la mañana y que no pude calmar con nada. El aire olía a hojas húmedas y a sudor de los estudiantes que habían pasado todo el día en el campus. Ese olor se me pegó a la camisa y me abrió la respiración. En el bajo vientre apareció una tibieza discreta, un movimiento de la sangre buscando abrirse paso, una sensación leve que apenas rozaba la piel desde dentro y que pedía quedarse un momento más.

Lo vi apenas doblé la primera curva del sendero. Estaba de pie en el sitio donde la luz caía en un ángulo preciso, extendiéndose sobre su pecho. La piel morena clara recibía ese brillo con una suavidad que me obligó a bajar el paso. Su respiración lenta hacía que la luz avanzara y retrocediera sobre él, revelando el músculo marcado, la forma exacta en que sus pezones se alzaban con una tensión mínima. Me quedé mirando ese vaivén luminoso, atrapado por cada pulsación de la luz sobre su pecho. Sentí la sangre reunirse en el bajo vientre, un oleaje tibio, lento, que me empujó medio paso hacia él, atraído por la manera en que su piel retenía la tarde, como si la luz quisiera quedarse ahí un segundo más antes de deslizarse.

Avancé otro paso, siguiendo sin querer el ritmo de su respiración, cuando él levantó la mano y cubrió su pecho. No fue brusco; fue un gesto exacto, que colocó su palma sobre la piel iluminada justo antes de que yo pudiera acercarme más. La luz, al encontrarse con esa mano, se quebró un instante sobre los dedos y luego cayó a un costado, desplazada. Me detuve de inmediato. El cuerpo entendió la frontera incluso antes que yo. Él no retrocedió, pero la distancia quedó sellada, y en mi abdomen quedó un pulso caliente que no encontró salida.

Regresé al día siguiente, completamente limpio. Fui directo de casa al camino verde, aún con el olor del jabón fresco y una capa tenue de perfume que elegí pensando que el sudor del día anterior lo había incomodado. Caminé con el pecho abierto, la ropa ligera sobre la piel, y al verlo de pie en el mismo tramo de luz, la respiración se me abrió de inmediato. Me acerqué confiando en esa pulcritud nueva, pero él no cambió nada en su postura. La luz no se movió sobre su pecho. Sus ojos no buscaron los míos. Mi limpieza, mi intento de presentarme radiante, no alteró ni un milímetro del espacio que él guardaba. Pasé frente a él con una calma fingida, y mientras me alejaba ya imaginaba otras formas de ser visto.

Los días siguientes llegué distinto cada tarde. Una vez abrí la camisa apenas lo suficiente para dejar ver el inicio del pecho, humedeciendo la tela antes de entrar al camino verde para que se pegara al músculo cuando la luz lo tocara. Otra tarde aflojé el pantalón para mostrar mejor mis piernas, tensando el paso justo al cruzar por su lado. Probé también un suspensorio bajo la ropa, levantando mis glúteos con un ajuste que me hacía sentir el cuerpo más vivo, más dispuesto. Caminaba lento, dejando que ese nuevo contorno marcara mi ritmo. Otro día intenté la mirada: sostenida apenas un momento, limpia, abierta. Y también la sonrisa leve, esa que nace y se pliega antes de hacerse evidente. Ninguno de esos gestos movió su postura. Él seguía de pie bajo la luz, y yo pasaba frente a su pecho como quien cada tarde ofrece una versión distinta de sí mismo, esperando que una, al menos una, encuentre un punto de entrada.

Llegué una tarde sin nada que ofrecer. No llevaba perfume, ni camisa abierta, ni postura pensada. Solo el peso de un día que me había ido apagando desde la mañana, dejándome la respiración corta y los hombros caídos. Crucé el camino verde con un ritmo cansado, casi torpe. Cuando lo vi, la luz descendía sobre su pecho en un tono más oscuro, más pesado, como si también a él la tarde lo estuviera cerrando. Me acerqué sin intención de seducir. Y entonces ocurrió algo distinto: no cubrió su pecho, no tensó la piel, no marcó distancia. Alzó la mano solo para apartar la luz de sus ojos, y en ese gesto dejó un espacio abierto frente a su cuerpo, un espacio que no había existido antes. Sentí que reconocía algo en mí, quizás la tristeza y ese reconocimiento encendió un calor inesperado en el bajo vientre, una corriente tibia que me sostuvo de pie. El simple hecho de ese espacio empezó a aflojar la pesadez del día.

Me acerqué sin pensar. Solo avancé hacia ese hueco de luz que él había dejado abierto. Cuando estuve lo bastante cerca, el calor de su pecho me envolvió la cara y me detuvo el aliento. Su olor, más denso que cualquier recuerdo, mezclaba piel tibia, sudor leve y una nota salina que me abrió el estómago en un pulso rápido. Él no se movió. No cerró el cuerpo. Me recibió con una quietud que contenía más deseo que un gesto abierto. Apoyé la frente en su pecho y sentí la vibración leve bajo mi contacto, un temblor que le subió por el torso hasta rozarme la boca. Su respiración descendió por mi mejilla, lenta, firme, entrando por mi cuello como una corriente que arrastraba la tristeza del día y la empujaba hacia abajo, hacia la tibieza que crecía entre mis piernas. La luz que quedaba se hundía en su piel, y cada latido suyo contra mi frente me abría un poco más, invitándome a acercarme hasta encontrar su pezón.

La luz terminó de caer antes de que pudiera apartarme. El camino verde, que un momento antes respiraba en tonos vivos, empezó a oscurecerse desde los bordes, como si la tarde se retirara hacia algún sitio sin nombre. Ese oscurecimiento avanzó rápido, subiendo por los troncos, absorbiendo el brillo del suelo, trepando hasta alcanzarnos. Él respiró más hondo justo cuando el último resto de luz se hundió en su pecho, dejando apenas un resplandor tenue sobre la piel. Entonces levantó la mano y la apoyó en mi hombro: un gesto firme, cálido, que marcó el final sin romper nada. Me separé despacio, sintiendo cómo su calor se mezclaba con la oscuridad creciente, y en cuanto dejé de tocarlo, el camino entero se volvió sombra. Él inclinó la cabeza y dio un paso hacia esa negrura recién formada; su cuerpo se fundió con ella como si la noche lo hubiera estado esperando.

Caminé de regreso por el camino. La oscuridad recién caída tenía un olor más frío, pero en mi interior quedaba el calor que me había sostenido contra su pecho, un resto de esa corriente que me atravesó y que seguía moviéndose por dentro con una suavidad inesperada. El peso del día ya no estaba donde lo había sentido; algo en mí se había aflojado, como si el cuerpo hubiera encontrado un cauce para vaciarse sin quebrarse. Avancé despacio, respirando ese alivio tenue, que no sabía si le pertenecía a él o al silencio que dejó al irse. Cuando llegué al borde del campus, el aire volvió a oler a noche común, pero la piel todavía tibia guardaba un gesto suyo: una forma de quedarse sin estar. Después de esa tarde nunca lo volví a ver.

Día 4

No he escrito.
No porque haya muerto —aunque este sea un blog suicida—, sino porque decidí buscar la felicidad. Y, ¿dónde más podría estar sino en los hombres que adoré? Dejé de escribir y empecé a vivir, o al menos a intentarlo.

Así que los busqué. Uno por uno. A los que creí que eran el amor de mi vida, a los que confundí con salvadores, a los que me hundieron sin querer y a los que abandoné con la misma torpeza con la que me abandono a mí mismo.

El primero me recibió como quien abre la puerta a un desconocido que pide fiado. Sonrió, pero con incomodidad. Me invitó a pasar, aunque lo noté revisando el reloj, como si quisiera que ese reencuentro tuviera límite de tiempo. Hablamos de cosas mínimas: el tráfico, el trabajo, los gatos de su vecina. Nada que tocara lo que alguna vez fuimos. No hubo espacio para la nostalgia, ni siquiera para el reproche. Solo una cortesía fría, del tipo que duele más que cualquier insulto.

Me fui sabiendo que en algún cajón oscuro siguen las cartas que le escribí, y que nunca volverán a ser leídas. En la calle, encendí un cigarro aunque ya no fumo. Tosí como si estuviera tragando todo lo que no dije.

No encontré la felicidad. Encontré, en cambio, que mis recuerdos eran más intensos que las personas que los protagonizaron. Y que, tal vez, lo que adoré no fueron ellos, sino las ilusiones que construí sobre ellos.

Al llegar a casa, abrí el cuaderno. Firulais seguía ahí, dibujado en el cartón, mirándome como si entendiera. Y yo entendí que la felicidad no está en lo que busco afuera, ni en lo que ya pasó. Quizá está en la terquedad de seguir escribiendo.

Hoy tampoco morí. Pero reencontré el fracaso disfrazado de felicidad.
Y eso, en este diario, cuenta como un triunfo.

Día 2. Una grieta en la banqueta

No he muerto. Otra vez.

El día empezó como siempre: deseando no levantarme, pidiéndole al techo que colapsara de una vez por todas, esperando que mi corazón —ese flojo— dejara de trabajar gratis. Pero no. Todo funcionó. Mediocre, pero puntual. Hasta el despertador sonó a tiempo. La desgracia nunca falla.

Caminando al metro (sí, sigo yendo, aunque no caiga), me topé con una grieta. No en mí, aunque no estaría mal, sino en la banqueta. Estaba entre una coladera tapada por basura y una de esas placas donde la ciudad presume haber “reparado con nuestros impuestos”. Ahí, en medio del concreto vencido, una planta.

Verde. Pequeña. Indecente. Nadie le pidió que creciera ahí. Nadie la quería. Nadie le abrió espacio. Pero igual se asomó.
Como si creyera que aún hay algo que vale la pena absorber de esta tierra.

Me detuve. No sé cuánto. Lo suficiente para que una señora pensara que iba a orinar. Lo suficiente para que un niño me señalara y preguntara: “¿Está borracho?”. Yo miraba a la planta. Como si hablara. Como si me entendiera. Como si me hiciera sentir… observado.

No me dijo nada, claro. Ni esperaba que lo hiciera. Pero sí pensé, por un momento —uno chiquito, no te emociones—, que su existencia era una falta de respeto a mi miseria. Esa cosa viva, brillante, contra todo pronóstico, frente a mí, que apenas y consigo lavarme los dientes.

No le eché agua. Tampoco le tomé foto. Pero al llegar a casa, la dibujé. Está junto a Firulais, que hoy tiene cara de querer morderme. Lo entiendo. Él también espera algo de mí. Y yo no tengo nada para nadie.

No sé si mañana regrese por la planta. Ni siquiera sé si voy a salir. Pero por hoy, tengo una línea más escrita. Una línea más vivida.

Y eso, aunque molesta, es algo.

1–2 minutos

Día 1: Sobre la conciencia (y la imposibilidad) de morir

Qué difícil es suicidarse en la Ciudad de México cuando uno empieza a tener un poco de conciencia social. Aventarme a las vías y retrasar a otros trabajadores como yo sería tener muy poca conciencia de clase. Y no soy un ogro. Mis litros de sangre podrían terminar tapando la pobre tubería del edificio. Caer al vacío con el riesgo de herir a alguien sería demasiada culpa para llevar conmigo al infierno.

No obstante, morir a causa de otros es terriblemente sencillo: basta una negligencia del gobierno, un descuido de cualquier conductor armado con una tonelada de metal y torpeza, y listo. Pero cuando lo pides, cuando lo buscas de verdad, no pasa. Nada. Ni una patinada de aceite.

Incluso si se lo suplicas amablemente al tipo que porta el arma y solo pensaba asaltarte, acabas pareciendo un loco. Te dejan a tu suerte: sin celular, sin golpes, sin siquiera un rasguño. Desafortunadamente: con vida.

Las negligencias del gobierno son tramposas. Si al menos avisaran qué falla en qué línea del metro, yo iría ahí, sin falta, todos los días: viajero frecuente de la línea con más probabilidades de cumplir su promesa de caerse. Pero no. El gobierno lo niega todo. Nada colapsa si nadie lo menciona.

Los conductores, por su parte, son… tontos y ruidosos, cargados de adjetivos desagradables, pero absolutamente inútiles. No saben circular, no entienden señas. Nunca han leído el reglamento de tránsito. ¿Cómo vas a confiar tu muerte a alguien que no distingue una flecha de una curva?

Y ahí estás tú, parado en la esquina, deseando que te entiendan, que te lean en el gesto:
“Dale, atropéllame. Pero bien. Que no quede nada.”

Pero no. Ni eso hacen bien. Lo más probable es que quedes vivo. Incapacitado. Semanas sin poder limpiarte la caca. ¿Te imaginas eso? Morirte no, pero cagarte encima, sí. Qué humillante.

Pues ahí sigo. Sin una sola oportunidad real. Los criminales me ven como una broma, el metro sigue funcionando a medias y los conductores siguen siendo un desastre. Tal vez debería conformarme con seguir vivo, aunque sea una tortura.

Terapia de Cafetería

En la mesa de junto, una madre —iPhone 14 en una mano, latte oat milk en la otra— le terapeaba a su hijo de 8 años con la intensidad de un coach de vida. Cariño, el universo conspira a tu favor… pero primero pide permiso para jugar Fortnite. El niño, más perdido que un agnóstico en el Vaticano, mordisqueaba un panque como si fuera el último pan bendito de su juventud.

Me di cuenta de que estaba presenciando un nuevo sacramento: la confesión pública con frases de autoayuda barata. La madre, alta sacerdotisa del algoritmo, recitaba mantras como si fueran salmos:

El dolor es un maestro (mientras el niño lloraba porque se le cayó el panque.

La gratitud atrae abundancia (al pagar $200 por una bebida a la par que un barista te maltrato al dartela).

Hoy elige ser feliz (ignorando que el niño eligió saltarse la tarea de matemáticas).

La realidad es un poco más dura: Eres el dueño de tu destino. Sí, pero no del WiFi. 

Por un segundo, me vi reflejado: yo también he soltado un ‘respira profundo’ mientras maldecía por dentro a un barista que escribió ‘Benjamín’ con ‘ge’. Quizá todos, en el fondo, somos ese padre que usa la psicología de internet para no admitir que estamos tan perdidos como nuestros hijos.

Al final, el niño se salvó solo: le dijo ‘mamá, tu teléfono se quedó sin pila’. Y ahí, entre los últimos estertores de la pantalla negra, vi la única verdad universal: ni el coaching, ni el mindfulness, ni el universo salvan a un niño de una madre con 2% de batería y 100% de frases prestadas.

Por qué no deberían elegirme Papa (y otros errores catastróficos del Vaticano)

Queridos cardenales, antes de que cometan el error histórico de elegirme como próximo Pontífice, debo advertirles: soy un desastre en latín, mi idea de ‘milagro’ es encontrar calcetines limpios un lunes, y mi única experiencia pastoral es pastorear a mi perro hacia el parque. Permítanme presentar mi curriculum vitae del caos:

Mis habilidades papales. Latin nivel Google Translator; lo único que recuerdo del Pater Noster es que rima con algún tipo de queso. Imagínense mi primera bendición: ‘In nomine Patris, et Espresso Cafè.

Milagros dudosos. Mi único logro sobrenatural fue sobrevivir a un lunes sin café. No es suficiente para ser santo, pero quizá para beato de los godinez.

Mi lista de herejías

  • Creo que el limbo es un lugar excelente para vacacionar.
  • Confundo los 10 mandamientos con los Términos y Condiciones de Instagram.
  • Mi idea de confesionario es un podcast donde critico películas que alguna vez idolatre.

Si me eligen, mi primer acto como Papa sería canonizar a mi perro Firulais como San Ronroneo de los Desamparados. El segundo, cambiar el vino de la eucaristía por mezcal. El tercero… bueno, mejor no lo digo (habemus meme).

Y no, no aprendería de errores pasados. Mientras el Vaticano aún intenta explicar cómo gastó 2.5 millones de Euros, ¡bendito Dior! en un apartamento de lujo para el cardenal Becciu (sí, el de los ‘pagos a espiritistas’), yo superaría ese récord: usaría las limosnas para comprar la versión premium de este blog y contratar a un exorcista que cure mi procrastinación. Gloria in excelsis Deo, y en la tierra, deuda pública.

Así que, venerables cardenales, elijan a alguien más: un hombre de fe, de virtud, de sabiduría teológica, misógino y homófobico. Yo solo soy un tipo que escribe sobre casas enojadas y sueña con que le regalen una lavadora. Deus vult? Más bien Deis no-no.

El día que un influencer soñó con salvarme (y yo gané una casa falsa)

Anoche soñé que un influencer de sonrisa perfecta y tenis blancos (que jamás se manchan) me hizo una prueba de bondad. Me filmó llorando frente a una casa derruida —la mía— mientras una voz en off anunciaba: ‘¡Felicidades, ganaste una remodelación total!’. La audiencia vitoreaba. Yo sonreía con la boca, pero por dentro sabía que esa casa no era mi vida: era el decorado de un reality show llamado “Pobres bonitos”.

Desperté sudando, no por el miedo a perder la casa imaginaria, sino por el asco de haber disfrutado, aunque fuera en sueños, de ser el pobre digno que merece ayuda. ¿Desde cuándo necesito que un tipo con patrocinio de yogurt me valide? ¿Desde cuándo mi fantasía más íntima es un extreme makeover de mi dignidad?

Mi casa real —esa que se inclina hacia la izquierda como borracha— jamás pediría lástima. Sus grietas tienen más dignidad que mi sueño. Ella, al menos, no se vendería por unos likes. Y yo, ¿por qué lo hago? ¿Por qué hasta en mis fantasías soy el villano de mi propia historia, esperando que un algoritmo me elija para ser el bueno?

Moraleja: Si un día un content creator te ofrece grabar tu redención, recuerda: tú no eres el protagonista. Eres el plot twist barato antes del sponsor de Raid. Y tu casa, si pudiera hablar, te diría: “Págame el plomero en vez de llorar para las cámaras, cabrón.»

Anexo: Señales de que el capitalismo te hackeó los sueños:

  1. Imaginas que tu trágica backstory es monetizable.
  1. Sientes envidia de los mendigos instagrameables (los que salen en documentales, no los que huelen a orina).
  1. Te alegra que tu casa esté tan jodida que haga llorar a alguien con 2M de seguidores.

Breve tratado sobre la superioridad moral de mis calcetines (y otras mentiras que me conté)

Hoy, en el Oxxo de la esquina —el mismo donde compro cigarros sueltos para fingir que no fumo—, un hombre con sandalias de plástico y calcetines manchados de grasa estuvo a punto de arruinarme el latte de 80 pesos que compré para sentirme europeo. No es que su existencia me ofendiera, claro. Sólo violaba el “decalogue of aesthetic decency” que aprendí en memes de ‘how to dress like a french guy’. Hasta que el hilo de baba de mi perro en la sudadera H&M me recordó mi lugar en el universo: el mismo que el de todos.

El clasismo es como el olor a ajo: todos lo huelen excepto el que lo emana. Y yo, querido diario, he sido un Pepito Grillo con doctorado en ‘tutearme con la cultura’. Juzgué a la señora del metro por leer el Horóscopo, mientras subrayaba frases de Bukowski como si fueran los Diez Mandamientos. Me burlé de los que toman fotos con flash en los museos, ignorando que mi aesthetic se reduce a filtros que imitan películas que nunca vi.

Ese mismo clasismo me hizo creer que el vino en tetrapack es para plebeyos, mientras mi paladar no distingue un Malbec de un jugo de uva fermentado. Pensar en que las ‘personas simples’ son las que ven telenovelas mientras lloraba con el final de temporada de Juego de Tronos.

Al final, el hombre de los calcetines se fue caminando, indiferente a mi crisis existencial. Yo, en cambio, me quedé mirando mis manos —las mismas que teclean ‘consumo ético’ en un iPhone ensamblado por niños— y entendí lo único que importa: la próxima vez que sienta el impulso de juzgar, recordaré que mi mayor contribución a la cultura fue compartir un meme de ‘todos somos iguales’ desde un Starbucks. Y con eso, querido diario, hoy me auto-otorgó el premio al ‘Social Justice Warrior de plástico del año’.

Prólogo.

Ayer encontré un cuaderno viejo en el fondo de un cajón. La primera página decía ‘Bitácora de mis últimos días’ con fecha de 2019. Lo hojeé esperando tragedia, poesía o al menos un testamento ilegible. Encontré una lista del supermercado y un dibujo de un perro que parece un chorizo con patas.

Moraleja: Incluso en nuestros momentos más oscuros, la banalidad nos persigue.

Este no es un diario sobre cómo superé la depresión. Tampoco es una carta de despedida. Es un registro de interrupciones:
– De las veces que el mundo me dio motivos para irme…
– Pero algo tan estúpido como un chiste malo o un pan dulce me hizo quedarme.

Aquí no hay consejos. No soy un experto en felicidad, sino un coleccionista de razones absurdas para no rendirme:
– El misterio de quién dejó ese calcetín solo en la lavandería.
– La terquedad de ver cómo termina la temporada de mi serie culposa.
– La esperanza de que algún día, el café de la oficina sabrá a café.

Si buscas relatos de redención, lee a Paulo Coelho. Si quieres saber cómo sobrevivir a un martes cualquiera con el corazón intacto (o casi), lee esto.

PD: El perro del dibujo sigue sin parecer un perro. Pero le puse ‘Firulais’ y le dibujé un hueso. Eso cuenta como progreso.»

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