No he muerto. Otra vez.
El día empezó como siempre: deseando no levantarme, pidiéndole al techo que colapsara de una vez por todas, esperando que mi corazón —ese flojo— dejara de trabajar gratis. Pero no. Todo funcionó. Mediocre, pero puntual. Hasta el despertador sonó a tiempo. La desgracia nunca falla.
Caminando al metro (sí, sigo yendo, aunque no caiga), me topé con una grieta. No en mí, aunque no estaría mal, sino en la banqueta. Estaba entre una coladera tapada por basura y una de esas placas donde la ciudad presume haber “reparado con nuestros impuestos”. Ahí, en medio del concreto vencido, una planta.
Verde. Pequeña. Indecente. Nadie le pidió que creciera ahí. Nadie la quería. Nadie le abrió espacio. Pero igual se asomó.
Como si creyera que aún hay algo que vale la pena absorber de esta tierra.
Me detuve. No sé cuánto. Lo suficiente para que una señora pensara que iba a orinar. Lo suficiente para que un niño me señalara y preguntara: “¿Está borracho?”. Yo miraba a la planta. Como si hablara. Como si me entendiera. Como si me hiciera sentir… observado.
No me dijo nada, claro. Ni esperaba que lo hiciera. Pero sí pensé, por un momento —uno chiquito, no te emociones—, que su existencia era una falta de respeto a mi miseria. Esa cosa viva, brillante, contra todo pronóstico, frente a mí, que apenas y consigo lavarme los dientes.
No le eché agua. Tampoco le tomé foto. Pero al llegar a casa, la dibujé. Está junto a Firulais, que hoy tiene cara de querer morderme. Lo entiendo. Él también espera algo de mí. Y yo no tengo nada para nadie.
No sé si mañana regrese por la planta. Ni siquiera sé si voy a salir. Pero por hoy, tengo una línea más escrita. Una línea más vivida.
Y eso, aunque molesta, es algo.
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