Día 4

No he escrito.
No porque haya muerto —aunque este sea un blog suicida—, sino porque decidí buscar la felicidad. Y, ¿dónde más podría estar sino en los hombres que adoré? Dejé de escribir y empecé a vivir, o al menos a intentarlo.

Así que los busqué. Uno por uno. A los que creí que eran el amor de mi vida, a los que confundí con salvadores, a los que me hundieron sin querer y a los que abandoné con la misma torpeza con la que me abandono a mí mismo.

El primero me recibió como quien abre la puerta a un desconocido que pide fiado. Sonrió, pero con incomodidad. Me invitó a pasar, aunque lo noté revisando el reloj, como si quisiera que ese reencuentro tuviera límite de tiempo. Hablamos de cosas mínimas: el tráfico, el trabajo, los gatos de su vecina. Nada que tocara lo que alguna vez fuimos. No hubo espacio para la nostalgia, ni siquiera para el reproche. Solo una cortesía fría, del tipo que duele más que cualquier insulto.

Me fui sabiendo que en algún cajón oscuro siguen las cartas que le escribí, y que nunca volverán a ser leídas. En la calle, encendí un cigarro aunque ya no fumo. Tosí como si estuviera tragando todo lo que no dije.

No encontré la felicidad. Encontré, en cambio, que mis recuerdos eran más intensos que las personas que los protagonizaron. Y que, tal vez, lo que adoré no fueron ellos, sino las ilusiones que construí sobre ellos.

Al llegar a casa, abrí el cuaderno. Firulais seguía ahí, dibujado en el cartón, mirándome como si entendiera. Y yo entendí que la felicidad no está en lo que busco afuera, ni en lo que ya pasó. Quizá está en la terquedad de seguir escribiendo.

Hoy tampoco morí. Pero reencontré el fracaso disfrazado de felicidad.
Y eso, en este diario, cuenta como un triunfo.


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