Breve tratado sobre la superioridad moral de mis calcetines (y otras mentiras que me conté)

Hoy, en el Oxxo de la esquina —el mismo donde compro cigarros sueltos para fingir que no fumo—, un hombre con sandalias de plástico y calcetines manchados de grasa estuvo a punto de arruinarme el latte de 80 pesos que compré para sentirme europeo. No es que su existencia me ofendiera, claro. Sólo violaba el “decalogue of aesthetic decency” que aprendí en memes de ‘how to dress like a french guy’. Hasta que el hilo de baba de mi perro en la sudadera H&M me recordó mi lugar en el universo: el mismo que el de todos.

El clasismo es como el olor a ajo: todos lo huelen excepto el que lo emana. Y yo, querido diario, he sido un Pepito Grillo con doctorado en ‘tutearme con la cultura’. Juzgué a la señora del metro por leer el Horóscopo, mientras subrayaba frases de Bukowski como si fueran los Diez Mandamientos. Me burlé de los que toman fotos con flash en los museos, ignorando que mi aesthetic se reduce a filtros que imitan películas que nunca vi.

Ese mismo clasismo me hizo creer que el vino en tetrapack es para plebeyos, mientras mi paladar no distingue un Malbec de un jugo de uva fermentado. Pensar en que las ‘personas simples’ son las que ven telenovelas mientras lloraba con el final de temporada de Juego de Tronos.

Al final, el hombre de los calcetines se fue caminando, indiferente a mi crisis existencial. Yo, en cambio, me quedé mirando mis manos —las mismas que teclean ‘consumo ético’ en un iPhone ensamblado por niños— y entendí lo único que importa: la próxima vez que sienta el impulso de juzgar, recordaré que mi mayor contribución a la cultura fue compartir un meme de ‘todos somos iguales’ desde un Starbucks. Y con eso, querido diario, hoy me auto-otorgó el premio al ‘Social Justice Warrior de plástico del año’.

Prólogo.

Ayer encontré un cuaderno viejo en el fondo de un cajón. La primera página decía ‘Bitácora de mis últimos días’ con fecha de 2019. Lo hojeé esperando tragedia, poesía o al menos un testamento ilegible. Encontré una lista del supermercado y un dibujo de un perro que parece un chorizo con patas.

Moraleja: Incluso en nuestros momentos más oscuros, la banalidad nos persigue.

Este no es un diario sobre cómo superé la depresión. Tampoco es una carta de despedida. Es un registro de interrupciones:
– De las veces que el mundo me dio motivos para irme…
– Pero algo tan estúpido como un chiste malo o un pan dulce me hizo quedarme.

Aquí no hay consejos. No soy un experto en felicidad, sino un coleccionista de razones absurdas para no rendirme:
– El misterio de quién dejó ese calcetín solo en la lavandería.
– La terquedad de ver cómo termina la temporada de mi serie culposa.
– La esperanza de que algún día, el café de la oficina sabrá a café.

Si buscas relatos de redención, lee a Paulo Coelho. Si quieres saber cómo sobrevivir a un martes cualquiera con el corazón intacto (o casi), lee esto.

PD: El perro del dibujo sigue sin parecer un perro. Pero le puse ‘Firulais’ y le dibujé un hueso. Eso cuenta como progreso.»

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