Hoy, en el Oxxo de la esquina —el mismo donde compro cigarros sueltos para fingir que no fumo—, un hombre con sandalias de plástico y calcetines manchados de grasa estuvo a punto de arruinarme el latte de 80 pesos que compré para sentirme europeo. No es que su existencia me ofendiera, claro. Sólo violaba el “decalogue of aesthetic decency” que aprendí en memes de ‘how to dress like a french guy’. Hasta que el hilo de baba de mi perro en la sudadera H&M me recordó mi lugar en el universo: el mismo que el de todos.
El clasismo es como el olor a ajo: todos lo huelen excepto el que lo emana. Y yo, querido diario, he sido un Pepito Grillo con doctorado en ‘tutearme con la cultura’. Juzgué a la señora del metro por leer el Horóscopo, mientras subrayaba frases de Bukowski como si fueran los Diez Mandamientos. Me burlé de los que toman fotos con flash en los museos, ignorando que mi aesthetic se reduce a filtros que imitan películas que nunca vi.
Ese mismo clasismo me hizo creer que el vino en tetrapack es para plebeyos, mientras mi paladar no distingue un Malbec de un jugo de uva fermentado. Pensar en que las ‘personas simples’ son las que ven telenovelas mientras lloraba con el final de temporada de Juego de Tronos.
Al final, el hombre de los calcetines se fue caminando, indiferente a mi crisis existencial. Yo, en cambio, me quedé mirando mis manos —las mismas que teclean ‘consumo ético’ en un iPhone ensamblado por niños— y entendí lo único que importa: la próxima vez que sienta el impulso de juzgar, recordaré que mi mayor contribución a la cultura fue compartir un meme de ‘todos somos iguales’ desde un Starbucks. Y con eso, querido diario, hoy me auto-otorgó el premio al ‘Social Justice Warrior de plástico del año’.