Ayer encontré un cuaderno viejo en el fondo de un cajón. La primera página decía ‘Bitácora de mis últimos días’ con fecha de 2019. Lo hojeé esperando tragedia, poesía o al menos un testamento ilegible. Encontré una lista del supermercado y un dibujo de un perro que parece un chorizo con patas.
Moraleja: Incluso en nuestros momentos más oscuros, la banalidad nos persigue.
Este no es un diario sobre cómo superé la depresión. Tampoco es una carta de despedida. Es un registro de interrupciones:
– De las veces que el mundo me dio motivos para irme…
– Pero algo tan estúpido como un chiste malo o un pan dulce me hizo quedarme.
Aquí no hay consejos. No soy un experto en felicidad, sino un coleccionista de razones absurdas para no rendirme:
– El misterio de quién dejó ese calcetín solo en la lavandería.
– La terquedad de ver cómo termina la temporada de mi serie culposa.
– La esperanza de que algún día, el café de la oficina sabrá a café.
Si buscas relatos de redención, lee a Paulo Coelho. Si quieres saber cómo sobrevivir a un martes cualquiera con el corazón intacto (o casi), lee esto.
PD: El perro del dibujo sigue sin parecer un perro. Pero le puse ‘Firulais’ y le dibujé un hueso. Eso cuenta como progreso.»