Qué difícil es suicidarse en la Ciudad de México cuando uno empieza a tener un poco de conciencia social. Aventarme a las vías y retrasar a otros trabajadores como yo sería tener muy poca conciencia de clase. Y no soy un ogro. Mis litros de sangre podrían terminar tapando la pobre tubería del edificio. Caer al vacío con el riesgo de herir a alguien sería demasiada culpa para llevar conmigo al infierno.
No obstante, morir a causa de otros es terriblemente sencillo: basta una negligencia del gobierno, un descuido de cualquier conductor armado con una tonelada de metal y torpeza, y listo. Pero cuando lo pides, cuando lo buscas de verdad, no pasa. Nada. Ni una patinada de aceite.
Incluso si se lo suplicas amablemente al tipo que porta el arma y solo pensaba asaltarte, acabas pareciendo un loco. Te dejan a tu suerte: sin celular, sin golpes, sin siquiera un rasguño. Desafortunadamente: con vida.
Las negligencias del gobierno son tramposas. Si al menos avisaran qué falla en qué línea del metro, yo iría ahí, sin falta, todos los días: viajero frecuente de la línea con más probabilidades de cumplir su promesa de caerse. Pero no. El gobierno lo niega todo. Nada colapsa si nadie lo menciona.
Los conductores, por su parte, son… tontos y ruidosos, cargados de adjetivos desagradables, pero absolutamente inútiles. No saben circular, no entienden señas. Nunca han leído el reglamento de tránsito. ¿Cómo vas a confiar tu muerte a alguien que no distingue una flecha de una curva?
Y ahí estás tú, parado en la esquina, deseando que te entiendan, que te lean en el gesto:
“Dale, atropéllame. Pero bien. Que no quede nada.”
Pero no. Ni eso hacen bien. Lo más probable es que quedes vivo. Incapacitado. Semanas sin poder limpiarte la caca. ¿Te imaginas eso? Morirte no, pero cagarte encima, sí. Qué humillante.
Pues ahí sigo. Sin una sola oportunidad real. Los criminales me ven como una broma, el metro sigue funcionando a medias y los conductores siguen siendo un desastre. Tal vez debería conformarme con seguir vivo, aunque sea una tortura.