Día 1: Sobre la conciencia (y la imposibilidad) de morir

Qué difícil es suicidarse en la Ciudad de México cuando uno empieza a tener un poco de conciencia social. Aventarme a las vías y retrasar a otros trabajadores como yo sería tener muy poca conciencia de clase. Y no soy un ogro. Mis litros de sangre podrían terminar tapando la pobre tubería del edificio. Caer al vacío con el riesgo de herir a alguien sería demasiada culpa para llevar conmigo al infierno.

No obstante, morir a causa de otros es terriblemente sencillo: basta una negligencia del gobierno, un descuido de cualquier conductor armado con una tonelada de metal y torpeza, y listo. Pero cuando lo pides, cuando lo buscas de verdad, no pasa. Nada. Ni una patinada de aceite.

Incluso si se lo suplicas amablemente al tipo que porta el arma y solo pensaba asaltarte, acabas pareciendo un loco. Te dejan a tu suerte: sin celular, sin golpes, sin siquiera un rasguño. Desafortunadamente: con vida.

Las negligencias del gobierno son tramposas. Si al menos avisaran qué falla en qué línea del metro, yo iría ahí, sin falta, todos los días: viajero frecuente de la línea con más probabilidades de cumplir su promesa de caerse. Pero no. El gobierno lo niega todo. Nada colapsa si nadie lo menciona.

Los conductores, por su parte, son… tontos y ruidosos, cargados de adjetivos desagradables, pero absolutamente inútiles. No saben circular, no entienden señas. Nunca han leído el reglamento de tránsito. ¿Cómo vas a confiar tu muerte a alguien que no distingue una flecha de una curva?

Y ahí estás tú, parado en la esquina, deseando que te entiendan, que te lean en el gesto:
“Dale, atropéllame. Pero bien. Que no quede nada.”

Pero no. Ni eso hacen bien. Lo más probable es que quedes vivo. Incapacitado. Semanas sin poder limpiarte la caca. ¿Te imaginas eso? Morirte no, pero cagarte encima, sí. Qué humillante.

Pues ahí sigo. Sin una sola oportunidad real. Los criminales me ven como una broma, el metro sigue funcionando a medias y los conductores siguen siendo un desastre. Tal vez debería conformarme con seguir vivo, aunque sea una tortura.

Breve tratado sobre la superioridad moral de mis calcetines (y otras mentiras que me conté)

Hoy, en el Oxxo de la esquina —el mismo donde compro cigarros sueltos para fingir que no fumo—, un hombre con sandalias de plástico y calcetines manchados de grasa estuvo a punto de arruinarme el latte de 80 pesos que compré para sentirme europeo. No es que su existencia me ofendiera, claro. Sólo violaba el “decalogue of aesthetic decency” que aprendí en memes de ‘how to dress like a french guy’. Hasta que el hilo de baba de mi perro en la sudadera H&M me recordó mi lugar en el universo: el mismo que el de todos.

El clasismo es como el olor a ajo: todos lo huelen excepto el que lo emana. Y yo, querido diario, he sido un Pepito Grillo con doctorado en ‘tutearme con la cultura’. Juzgué a la señora del metro por leer el Horóscopo, mientras subrayaba frases de Bukowski como si fueran los Diez Mandamientos. Me burlé de los que toman fotos con flash en los museos, ignorando que mi aesthetic se reduce a filtros que imitan películas que nunca vi.

Ese mismo clasismo me hizo creer que el vino en tetrapack es para plebeyos, mientras mi paladar no distingue un Malbec de un jugo de uva fermentado. Pensar en que las ‘personas simples’ son las que ven telenovelas mientras lloraba con el final de temporada de Juego de Tronos.

Al final, el hombre de los calcetines se fue caminando, indiferente a mi crisis existencial. Yo, en cambio, me quedé mirando mis manos —las mismas que teclean ‘consumo ético’ en un iPhone ensamblado por niños— y entendí lo único que importa: la próxima vez que sienta el impulso de juzgar, recordaré que mi mayor contribución a la cultura fue compartir un meme de ‘todos somos iguales’ desde un Starbucks. Y con eso, querido diario, hoy me auto-otorgó el premio al ‘Social Justice Warrior de plástico del año’.

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