Terapia de Cafetería

En la mesa de junto, una madre —iPhone 14 en una mano, latte oat milk en la otra— le terapeaba a su hijo de 8 años con la intensidad de un coach de vida. Cariño, el universo conspira a tu favor… pero primero pide permiso para jugar Fortnite. El niño, más perdido que un agnóstico en el Vaticano, mordisqueaba un panque como si fuera el último pan bendito de su juventud.

Me di cuenta de que estaba presenciando un nuevo sacramento: la confesión pública con frases de autoayuda barata. La madre, alta sacerdotisa del algoritmo, recitaba mantras como si fueran salmos:

El dolor es un maestro (mientras el niño lloraba porque se le cayó el panque.

La gratitud atrae abundancia (al pagar $200 por una bebida a la par que un barista te maltrato al dartela).

Hoy elige ser feliz (ignorando que el niño eligió saltarse la tarea de matemáticas).

La realidad es un poco más dura: Eres el dueño de tu destino. Sí, pero no del WiFi. 

Por un segundo, me vi reflejado: yo también he soltado un ‘respira profundo’ mientras maldecía por dentro a un barista que escribió ‘Benjamín’ con ‘ge’. Quizá todos, en el fondo, somos ese padre que usa la psicología de internet para no admitir que estamos tan perdidos como nuestros hijos.

Al final, el niño se salvó solo: le dijo ‘mamá, tu teléfono se quedó sin pila’. Y ahí, entre los últimos estertores de la pantalla negra, vi la única verdad universal: ni el coaching, ni el mindfulness, ni el universo salvan a un niño de una madre con 2% de batería y 100% de frases prestadas.

Por qué no deberían elegirme Papa (y otros errores catastróficos del Vaticano)

Queridos cardenales, antes de que cometan el error histórico de elegirme como próximo Pontífice, debo advertirles: soy un desastre en latín, mi idea de ‘milagro’ es encontrar calcetines limpios un lunes, y mi única experiencia pastoral es pastorear a mi perro hacia el parque. Permítanme presentar mi curriculum vitae del caos:

Mis habilidades papales. Latin nivel Google Translator; lo único que recuerdo del Pater Noster es que rima con algún tipo de queso. Imagínense mi primera bendición: ‘In nomine Patris, et Espresso Cafè.

Milagros dudosos. Mi único logro sobrenatural fue sobrevivir a un lunes sin café. No es suficiente para ser santo, pero quizá para beato de los godinez.

Mi lista de herejías

  • Creo que el limbo es un lugar excelente para vacacionar.
  • Confundo los 10 mandamientos con los Términos y Condiciones de Instagram.
  • Mi idea de confesionario es un podcast donde critico películas que alguna vez idolatre.

Si me eligen, mi primer acto como Papa sería canonizar a mi perro Firulais como San Ronroneo de los Desamparados. El segundo, cambiar el vino de la eucaristía por mezcal. El tercero… bueno, mejor no lo digo (habemus meme).

Y no, no aprendería de errores pasados. Mientras el Vaticano aún intenta explicar cómo gastó 2.5 millones de Euros, ¡bendito Dior! en un apartamento de lujo para el cardenal Becciu (sí, el de los ‘pagos a espiritistas’), yo superaría ese récord: usaría las limosnas para comprar la versión premium de este blog y contratar a un exorcista que cure mi procrastinación. Gloria in excelsis Deo, y en la tierra, deuda pública.

Así que, venerables cardenales, elijan a alguien más: un hombre de fe, de virtud, de sabiduría teológica, misógino y homófobico. Yo solo soy un tipo que escribe sobre casas enojadas y sueña con que le regalen una lavadora. Deus vult? Más bien Deis no-no.

El día que un influencer soñó con salvarme (y yo gané una casa falsa)

Anoche soñé que un influencer de sonrisa perfecta y tenis blancos (que jamás se manchan) me hizo una prueba de bondad. Me filmó llorando frente a una casa derruida —la mía— mientras una voz en off anunciaba: ‘¡Felicidades, ganaste una remodelación total!’. La audiencia vitoreaba. Yo sonreía con la boca, pero por dentro sabía que esa casa no era mi vida: era el decorado de un reality show llamado “Pobres bonitos”.

Desperté sudando, no por el miedo a perder la casa imaginaria, sino por el asco de haber disfrutado, aunque fuera en sueños, de ser el pobre digno que merece ayuda. ¿Desde cuándo necesito que un tipo con patrocinio de yogurt me valide? ¿Desde cuándo mi fantasía más íntima es un extreme makeover de mi dignidad?

Mi casa real —esa que se inclina hacia la izquierda como borracha— jamás pediría lástima. Sus grietas tienen más dignidad que mi sueño. Ella, al menos, no se vendería por unos likes. Y yo, ¿por qué lo hago? ¿Por qué hasta en mis fantasías soy el villano de mi propia historia, esperando que un algoritmo me elija para ser el bueno?

Moraleja: Si un día un content creator te ofrece grabar tu redención, recuerda: tú no eres el protagonista. Eres el plot twist barato antes del sponsor de Raid. Y tu casa, si pudiera hablar, te diría: “Págame el plomero en vez de llorar para las cámaras, cabrón.»

Anexo: Señales de que el capitalismo te hackeó los sueños:

  1. Imaginas que tu trágica backstory es monetizable.
  1. Sientes envidia de los mendigos instagrameables (los que salen en documentales, no los que huelen a orina).
  1. Te alegra que tu casa esté tan jodida que haga llorar a alguien con 2M de seguidores.

Breve tratado sobre la superioridad moral de mis calcetines (y otras mentiras que me conté)

Hoy, en el Oxxo de la esquina —el mismo donde compro cigarros sueltos para fingir que no fumo—, un hombre con sandalias de plástico y calcetines manchados de grasa estuvo a punto de arruinarme el latte de 80 pesos que compré para sentirme europeo. No es que su existencia me ofendiera, claro. Sólo violaba el “decalogue of aesthetic decency” que aprendí en memes de ‘how to dress like a french guy’. Hasta que el hilo de baba de mi perro en la sudadera H&M me recordó mi lugar en el universo: el mismo que el de todos.

El clasismo es como el olor a ajo: todos lo huelen excepto el que lo emana. Y yo, querido diario, he sido un Pepito Grillo con doctorado en ‘tutearme con la cultura’. Juzgué a la señora del metro por leer el Horóscopo, mientras subrayaba frases de Bukowski como si fueran los Diez Mandamientos. Me burlé de los que toman fotos con flash en los museos, ignorando que mi aesthetic se reduce a filtros que imitan películas que nunca vi.

Ese mismo clasismo me hizo creer que el vino en tetrapack es para plebeyos, mientras mi paladar no distingue un Malbec de un jugo de uva fermentado. Pensar en que las ‘personas simples’ son las que ven telenovelas mientras lloraba con el final de temporada de Juego de Tronos.

Al final, el hombre de los calcetines se fue caminando, indiferente a mi crisis existencial. Yo, en cambio, me quedé mirando mis manos —las mismas que teclean ‘consumo ético’ en un iPhone ensamblado por niños— y entendí lo único que importa: la próxima vez que sienta el impulso de juzgar, recordaré que mi mayor contribución a la cultura fue compartir un meme de ‘todos somos iguales’ desde un Starbucks. Y con eso, querido diario, hoy me auto-otorgó el premio al ‘Social Justice Warrior de plástico del año’.

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