Anoche soñé que un influencer de sonrisa perfecta y tenis blancos (que jamás se manchan) me hizo una prueba de bondad. Me filmó llorando frente a una casa derruida —la mía— mientras una voz en off anunciaba: ‘¡Felicidades, ganaste una remodelación total!’. La audiencia vitoreaba. Yo sonreía con la boca, pero por dentro sabía que esa casa no era mi vida: era el decorado de un reality show llamado “Pobres bonitos”.
Desperté sudando, no por el miedo a perder la casa imaginaria, sino por el asco de haber disfrutado, aunque fuera en sueños, de ser el pobre digno que merece ayuda. ¿Desde cuándo necesito que un tipo con patrocinio de yogurt me valide? ¿Desde cuándo mi fantasía más íntima es un extreme makeover de mi dignidad?
Mi casa real —esa que se inclina hacia la izquierda como borracha— jamás pediría lástima. Sus grietas tienen más dignidad que mi sueño. Ella, al menos, no se vendería por unos likes. Y yo, ¿por qué lo hago? ¿Por qué hasta en mis fantasías soy el villano de mi propia historia, esperando que un algoritmo me elija para ser el bueno?
Moraleja: Si un día un content creator te ofrece grabar tu redención, recuerda: tú no eres el protagonista. Eres el plot twist barato antes del sponsor de Raid. Y tu casa, si pudiera hablar, te diría: “Págame el plomero en vez de llorar para las cámaras, cabrón.»
Anexo: Señales de que el capitalismo te hackeó los sueños:
- Imaginas que tu trágica backstory es monetizable.
- Sientes envidia de los mendigos instagrameables (los que salen en documentales, no los que huelen a orina).
- Te alegra que tu casa esté tan jodida que haga llorar a alguien con 2M de seguidores.
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